Existen palabras que nunca se olvidan, muchas de ellas marcan la vida de un ser humano, sea para bien o para mal. Es necesario reflexionar en esto, ya que una palabra puede llegar a tener mucho poder en la vida de nuestros hijos.
Por: Sixto Porras “Programa Enfoque a la Familia”
En un minuto es posible destruir lo que tanto se ama. ¿Eres tonto? ¿Acaso no puedes hacer nada bien? O ¡Bien hecho, te felicito, lo vas a lograr! Unas pocas palabras pueden hacer la diferencia.
Muchas veces no se recuerda el valor de los obsequios, pero hay palabras que no se olvidan fácilmente, que se recuerdan toda la vida. Son palabras que van perfilando la identidad: Si eso significo para mi papá, eso soy.
Cuantas veces bajo los efectos del enojo, o el cansancio, lanzamos expresiones hirientes como: ¡Inútil, bruto!” Estas palabras, para los adultos, no son más que expresiones de enojo o frustración, pero para el niño son un recuerdo perenne de la desaprobación de sus padres, de sentirse ridiculizado por aquellos a quines tanto ama. Muchas veces el adulto toma en poco la forma en que expresa el amor hacia un niño, porque le resulta difícil comunicar sus sentimientos, ignorando de esta manera, que las palabras pueden marcar la diferencia.
El enojo, la prisa, el cansancio, el rencor, la envidia y la ira hacen decir cosas sin sentido que lastiman a quienes amamos. Contrariamente, palabras como: lo siento y perdón pueden obrar maravillas en nuestras relaciones con los demás y en la forma en que ellos se valoran a sí mismos.
La autoestima es la percepción que tienen las personas sobre sí mismas. Dice del mucho o poco aprecio que se tienen. Si está conforme con su apariencia física, inteligencia, comportamiento, y habilidades. La autoestima la comienza a desarrollar el niño a muy temprana edad. Si papá y mamá hacen un buen trabajo, el niño crecerá con un gran amor propio y le será fácil aceptarse tal cual es. El pincel más hábil para forjar una buena o baja autoestima son las palabras.
Una palabra tiene la habilidad de calar profundo en las emociones, crea imágenes que refuerzan o lastiman el amor propios. Es importante ayudar a los hijos a ser capaces de percibir más allá de su aspecto físico o sus logros académicos. Propiciar que se conozcan a partir de sus atributos particulares, del valor intrínseco que como persona tienen y para eso es necesario cuidar cada palabra.
Decidamos tener palabras llenas de amor y respeto hacia los hijos, resaltando continuamente sus habilidades, con el fin de que logren una mejor aceptación de sus limitaciones. No involucremos a los hijos en los conflictos matrimoniales para que no salgan heridos. Nunca los descalifiquemos ni los humillemos. Jamás abusemos físicamente de ellos, ni impongamos nuestra voluntad arbitrariamente.
El secreto del éxito de la labor parental en la educación del hijo descansa en el máximo respeto a la dignidad humana del niño, en el estímulo a su autorrealización y al ejercicio de su responsabilidad y de su libertad, según su grado de maduración.
La mayoría de las veces los padres castigan las malas conductas de los niños, pero muy pocas veces aplauden lo bueno. Muchas veces se están buscando constantemente hombres de bien, pero no se percibe que se está haciendo todo lo contrario, se esta reforzando sentimientos de impotencia, se está formando una autoimagen, un autoconcepto y una autoestima negativa con resultados quizás de ansiedad y depresión.
Al castigarlos no se debe hacer con cólera porque es mucho más importante el ser que el hacer, es decir, el niño debe sentir que es corregida su conducta inadecuada, que está mal pero que él sigue siendo importante y valioso para el padre. Se debe corregir para que el niño adquiera responsabilidad de sus propios actos y no porque nos molesta que lo haya hecho. Para el niño el castigo no debe ser sinónimo de la pérdida de amor de los padres sino al contrario porque le aman es que corrigen lo que ha hecho mal.
Un aspecto fundamental en la generación de los problemas en la infancia y en la adolescencia o de su adecuado desarrollo es la relación que los padres tengan con sus hijos. En los padres se puede distinguir las actitudes que tienen frente a la norma y las que tienen frente a los hijos, ésta influirá en la forma como los educa y forma.
Las actitudes inadecuadas frente a la norma son:
El Autoritarismo: Parte de una actitud profundamente normativa. Tiene como idea fundamental que la norma TIENE que cumplirse, es poco realista pues ésta puede cumplirse o incumplirse, generando una percepción de desautorización su no cumplimiento, una amenaza a la autoridad. Los niños educados bajo este patrón tienden a ser poco autónomos y dependientes, tienden a pensar que cuando incumplen la norma pierden el valor como personas.
La Pasividad: Esta actitud no educa, deja pasar. Puede haber conciencia de la norma, pero NO SE HACE nada cuando la norma se cumple o se incumple, está la creencia de que si se es fuerte con el niño, puede afectarlo psicológica o emocionalmente. Parte de la idea fundamental de que el niño sabe cómo comportarse porque ya se le ha dicho, él decide como hacerlo. Los niños pueden sentir que no son lo suficientemente queridos, ya que los padres parecen indiferentes frente a su comportamiento, lo que puede significar para ellos indiferencia emocional.
La Queja- súplica: Este patrón se da a partir de la impotencia que sienten los padres ante el comportamiento de sus hijos, generalmente cuando se han agotado los modelos autoritarios y pasivos; se combina con actitudes agresivas (rechazo) o de indiferencia. Los padres se ven INCAPACES de educar a sus hijos, su actitud es de implorar que las normas se cumplan. La idea fundamental es que la norma tiene que cumplirse para complacer a los padres, no hacerlo es mortificarlos. Este es el modelo más dañino, pues los niños aprenden a molestar a los demás, generando relaciones conflictivas, trayendo como consecuencia problemas emocionales y de personalidad.
Las actitudes inadecuadas frente al hijo son:
La Sobreprotección: No significa exceso de afecto, el dar afecto no es en sí mismo problemático, el problema está cuando las muestras de afecto incluyen el hacer las cosas por los hijos impidiéndoles enfrentar los problemas o responsabilidades, o manifestar el afecto cuando no está congruente con la situación (ej. Cuando el niño está grosero o no ha cumplido con sus responsabilidades). Estos comportamientos puede dar el mensaje a los hijos de no ser capaces, que algo malo va a pasar, que necesitan depender de alguien para hacer las cosas bien. La sobreprotección no prepara para los momentos difíciles o dolorosos, que son inevitables en la vida; más bien brinda una sensación momentánea de seguridad, que no es real, ya que la fuente de seguridad no está en el exterior, está en el descubrir que con el Señor todo lo podemos.
El Rechazo: Es uno de los modelos más perniciosos, puede ser utilizado por los padres de forma no intencional, pues muchas veces está relacionado con el comportamiento del niño, los niños “difíciles” generan en los padres sentimientos de frustración, de impotencia, pero esto a su vez reforzará el comportamiento del niño y afirmarán su idea de ser rechazado o ser diferente, generando en él sentimientos de rabia, resentimiento tanto hacia los otros como hacia él mismo. Los niños necesitan sentirse aceptados incondicionalmente, pues eso ayudará a desarrollar seguridad y confianza en sí mismo y en los demás.
La Indiferencia: Son padres que no son afectuosos con sus hijos, pero tampoco muestran un rechazo abierto; el mensaje que le dan al niño es “no me importas”. No proporciona en el niño ni la sensación de protección ni de rechazo, sino una sensación de no importar, de no ser querido. El niño desarrolla frente a esto, una actitud de autocompasión, se queja de no ser valorado, de no ser querido, lo que puede llevarlo a pensar que no es digno de ser amado y puede generar un desinterés afectivo.
Lo anterior exige entonces, que los padres tengan una actitud diferente frente al niño y la administración de la norma, de manera que les permita tener una adecuada interacción y así pueda ayudar al niño a desarrollar adecuadamente su identidad, partiendo de su dignidad de hijos de Dios.
La actitud adecuada frente a la norma y el niño:
Frente a la norma y los hijos, la actitud de los padres debe ser de “realismo”, parte de lo que puede realmente suceder, parte de la realidad, no de lo que debería o tendría que pasar. La idea fundamental es que la adhesión a la norma por parte del niño es libre, no es una imposición de los padres, ante la norma hay dos opciones que se cumpla o no. Esto implica educar al niño en el recto ejercicio de su libertad para que sepa escoger entre lo mejor y lo óptimo, educar la capacidad de juicio de los niños y en la asunción responsable de las consecuencias de sus actos. La libertad nos hace responsables de nuestros actos, al reconocer que todo acto es una decisión personal, si bien los padres no la imponen deben orientar a sus hijos a decidir correctamente, y exige de los padres tener expectativas realistas frente a sus hijos para poder esperar lo que ellos, de acuerdo a su edad, están en capacidad de dar.
En este modelo, los padres tienen un papel activo en la educación y formación de sus hijos, exige administrar adecuadamente la norma, teniendo los refuerzos y castigos adecuados para cada situación, y evitando totalmente la retirada de afecto como consecuencia del incumplimiento de la norma, implica sobre todo que los padres eduquen a sus hijos más con el testimonio que con la palabra, siendo modelos coherentes. Los padres reconocen que sus hijos no son propiedad suya, sino un don de Dios, educándolos en la libertad, la autonomía, la responsabilidad, todo esto según el Plan de Dios para ellos.
Deben fomentar en los niños la autonomía, la capacidad para expresar sus propias necesidades, emociones, así como fomentar en ellos la asignación de responsabilidades; igualmente deben ayudarlos a establecer adecuadas relaciones interpersonales a partir de proporcionarles un amor confiable, un ambiente familiar seguro, atención, respeto, cuidados, etc. Para fomentar una recta autovaloración en los niños, deben proporcionarles amor, respeto, aceptación incondicional, apoyo. Pero también es importante que los niños desarrollen un sentido de límites, capacidad de autocontrol, la capacidad para dejarse de ver mucho a sí mismos y preocuparse por los demás, darles la idea de que no son perfectos y no tienen que serlo para ser amados y aceptados por los padres.